Recuérdame presentarte
Me puse mi vestido verde azulado, que me había regalado la abuela, con desgana. Había presenciado innumerables pesadillas esa noche y los ánimos por la mañana los tuve por los suelos. Mi hermana mayor Nadia me quería hacer algún peinado bonito como casi todos los días me ofrecía, mas yo como siempre me lograba escabullir de ella. Me llevaba con Nadia cinco años. Ella era un modelo de hija para mis padres, era perfecta en todos los sentidos, tanto como interior como exterior e intentaba que ese detalle no me afectase. Tenía un pelo castaño y liso perfecto y hermoso, unos ojos grandes y bonitos, una piel morena y tersa... Lo que se dice, una bella mujer a comparación mía.
Bajé por la escala de madera de un salto que casi me caigo de cabeza. Ésta subía hasta el altillo donde se encontraba mi cama y la de mi hermana. Mi madre estaba cocinando en la caldera colocada justo encima del fuego mientras charlaba con mi hermana, que estaba sentada en una de las sillas donde nos colocábamos para comer. Clarette mi madre, tenía recogido el pelo liso y marrón en un moño laxo. No teníamos gran cosa, no éramos ricos ni nada por el estilo, pero nos manteníamos con las ganancias que cobraba mi padre al trabajar de agricultor en nuestras tierras. A mi abuela la encantaba hacernos ropas a mi hermana y a mí, así que el problema de la vestimenta al comprarla estaba suprimido. Pero cosas como la comida, no era tan fácil de llevar a cabo.
Las dos mujeres se callaron cuando me oyeron aparecer, mientras me miraban fijamente preocupadas.
-¡Te juro que esta vez yo no he sido! – Levanté las palmas de mis manos defendiéndome de la acusación que me habían hecho con solo mirarme.
-¡No seas ruda! - me reprochó mi hermana sacudiendo la cabeza mientras miraba a Clarette poniendo los ojos en blanco.
Clarette apartó la cazuela del fuego de la hoguera ignorando nuestros comentarios y la puso sobre la encimera. Abrió un barril lleno de comida (o esperaba que estuviese lleno) y comenzó trocear algo de col para luego echarlo al caldo que cocinaba en la cazuela.
-En fin, me voy – Avancé hasta la puerta de madera pero paré en seco, pues la voz aguda de mi hermana me interrumpió.
Me di la vuelta para escucharla mientras ella alzaba la vista para mirarme y sus ojos color miel iguales que los de mi madre me recorrieron de arriba abajo sin perderse ningún mísero detalle. Intentó ocultar su cara de desagrado ante mis formas de vestir y mi peinado y me dijo con la misma expresión:
-Cógete esta manzana. Que no comeremos hasta la noche…
Se fue hacia el barril de comida y estuvo rebuscando un rato hasta que encontró una manzana y me la tiró a las manos. La cogí al vuelo con una sola mano, así que abrí la puerta y me volví a intentar ir, pero la voz de mi madre me volvió a interrumpir:
-Ésta noche, - comenzó a hablar dejando la col sobre la encimera y colocándose en medio de mi hermana Nadia y mía. Nos miró a las dos con seriedad y continuó- vuestro padre y yo tenemos que hablar seriamente sobre un tema con vosotras. Así que tú, no vengas muy tarde – dijo al tiempo en que me señalaba.
Tragué saliva nerviosa. No solía convocar reuniones familiares, y menos para hablar de temas importantes como parecía que eran. Salí por la puerta con el corazón en un puño pensando en lo que nos quería decir, no sin la típica amenaza de mi madre pidiendo que me comiera la manzana.
Pasé por la plaza principal donde se solían encontrar mis amigas jugando, ya que todos nuestros amigos varones no se solían pasar por las mañanas. Ellos empezaban a trabajar sobre los doce años, si su padre no quería que trabajase o que trabajase antes de esa edad. Nosotros éramos un grupo de amigos que se solía juntar por las tardes (casi noches) a jugar o inventarnos algún juego de los nuestros: extraños… Por eso Nadia no se juntaba con nosotros, prefería irse con los adultos para hacer cualquier cosa que no fuera jugar a nuestros juegos. Un día la pregunté que si quería jugar con nosotros, pero me dijo que ella ya había madurado y eso mismo tenía que hacer yo. Con lo bonita que es la infancia y lo poco que me faltaba para perderla…
Miré el aspecto de la manzana un par de veces: de un tono rojo escarlata (igual que mi pelo), con pinta jugosa… Por muy apetitosa que me pareciera, no tenía hambre en esos momentos.
-Iris, ¿juegas? – Alguien me llamó por detrás. Me di la vuelta y vi a Alexandra, Natalie y Lauren con una cuerda sujeta por dos de ellas que daba vueltas de modo que Lauren saltaba sobre ella sin pisarla.
Alexandra Knight sonrió al verme pasar e me imploró con sus ojos verdes que saltara con ellas. Lauren Heller se recogió el pelo marrón oscuro rizado con una cinta de tela morada mientras me miraba con esos ojos oscuros esperando una respuesta. Natalie Chrisball, hermana de Alma Chrisball, se mantenía sujetando la cuerda y envuelta en sus propios pensamientos. Francamente, no había persona que odiáramos por la aldea. Todos los niños de nuestra edad aproximadamente, éramos amigos. Aunque unos más que otros. Menos mi hermana, claro…
-Paso… - dije aunque las miradas de mis amigas esperaran otra respuesta. Cambié la manzana de mano a la derecha y se la lancé a Alexandra, que la cogió al vuelo – Sé que te gustan y yo no tengo hambre…
Miró la manzana confundida, luego a mí, se encogió de hombros y le dio un mordisco que sonó lo suficientemente crujiente para arrepentirme de no habérmela comido yo. El pelo negro y liso le cayó por la cara mientras saboreaba esa suculenta manzana.
-Un día nos inventaremos un juego que te guste tanto que no podrás parar de jugar ni para comer - me dijo Lauren con una sonrisa de mofa en su rostro a lo que yo la eché una mirada fulminante y se calló sin poder quitar la sonrisa de su cara.
Detrás de ellas, sentadas en el alféizar de una ventana, reposaban Helena De Cote y Alma Chrisball. Helena sacaba una cabeza a Alma por ser ella la más mayor de nosotras con un año de diferencia, y Alma por ser la más pequeña con otro año de diferencia. Alma llevaba ropas más elegantes y costosas al igual que su hermana Natalie porque sus padres pertenecían a estamentos más privilegiados, mas no presumían de ello. No era difícil adivinar que ellas dos eran hermanas por su apariencia que era piel blanca, pelo color dorado y liso, ojos grandes y pardos y los rasgos de sus rostros que eran casi similares. En cambio, en la personalidad eran como el aceite y el agua, pero no se llevaban mal.
Helena sostenía entre sus manos un libro enorme, o un libro parecía… Dejaba caer los mechones de pelo marrón liso sobre su cara que no había logrado recoger en la coleta, y sus ojos color miel se clavaban en las letras del libro. Mejor era no molestarla...
Helena sostenía entre sus manos un libro enorme, o un libro parecía… Dejaba caer los mechones de pelo marrón liso sobre su cara que no había logrado recoger en la coleta, y sus ojos color miel se clavaban en las letras del libro. Mejor era no molestarla...
-¡Bien! ¡Natalie perdiste! ¡Me toca! – gritó Alma bajando del alféizar de la ventana de un salto y corriendo hacia las demás mientras Natalie se acercaba a mí enfurruñada y así, las dos nos sentamos en el hueco libre al lado de Helena.
-¡No hubiera perdido si Lauren no me hubiera distraído…! –Amenazaba Natalie a Lauren señalándola con el dedo.
Helena cerró su libro por un momento para prestarnos más atención y comenzó a reírse junto con todas. Apoyé mi cabeza sobre la ventana mientras Helena y Natalie conversaban sobre los saltos que daba Alma, mirando como Alexandra se moría de aburrimiento y de cansancio por mover la cuerda de un lado a otro, etc. Me aburría mucho por las mañanas porque no había nada que hacer. Por las tardes, Helena escribía normas y reglas de nuevos juegos creados por nosotros. Uno se llamaba el escondite inglés, que consistía en quedarse quieto en un determinado momento. Aunque… Ese era el juego más normal que nos habíamos inventado nosotros.
Miré de reojo el libro de Helena que había colocado encima de sus rodillas intentando practicar mi lectura y adivinar el título del libro. No todos éramos lo suficientemente privilegiados para que nuestro padre nos enseñara a leer un poco.
-Hola señoritas… - La voz de alguien interrumpió mi lectura de una frase.
Era Nathaniel Fernández, hermano de Joseph Fernández. Los dos hermanos poseían unos ojos grises aunque brillantes, tez morena y el pelo negro como el carbón, pero Nathaniel lo tenía rizado y Joseph liso, además Joseph se lo colocaba de una extraña manera. Ya os contaré… Y de personalidad, también eran totalmente diferentes, aunque de vez en cuando coincidían en sus intereses...
-Hola Nathan– saludó Helena con una sonrisa de oreja a oreja y volvió a retomar la conversación con Natalie. Nosotros le llamábamos Nathan.
Sacudí la cabeza en modo de saludo con la comisura de mi labio alzada mientras él se sentaba al lado mía, en el alféizar de la ventana. Natalie le saludó con la mano mientras seguía hablando con Helena. Joe (así acortábamos su nombre) y Nathan pertenecían a nuestro grupo de amigos, pero a diferencia de Joe, Nathan aún no trabajaba por ser más pequeño que éste.
-¿Ya te has enterado de la noticia? – dijo casi en un hilo de voz escondiendo su rostro ruborizado entre sus rizos mientras bajaba la cabeza.
-¿Noticia? ¿De qué diablos me hablas? – le pregunté con tono bohemio. El levantó la cabeza rápidamente con la misma expresión de contradicción que la mía. Él junto con toda la gente, estaba acostumbrado a mi tono de voz soez, así que no entendía tal expresión. Arqueé una ceja confundida.
-Nada, nada… - Se rió por lo bajo a mi ceja subida, se levantó mi lado y se fue por el mismo camino por el que había venido.
Me había dejado con la duda el muy mamarracho. Y no hablemos de mi madre… Intenté poner una expresión de despreocupación a la lejana sonrisa picarona de Alma mirándome mientras saltaba, pero no creo que se lo hubiera tragado.
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